domingo, 8 de septiembre de 2013

Mi vida onírica mola, a veces


En mi sueño tengo que atravesar un río grande y profundo de color cieno, verdoso, pantanoso. Parece un río del Vietnam y yo el capitan Willard, zambulléndome, con el agua hasta el cuello, con el ceño fruncido y rezongando. 
-No me gusta este río. Es oscuro. No puedo ver nada de lo que me rodea.
Y aún así nado hasta llegar a las catacumbas, o quizá mejor, a unas cloacas de los bajos fondos de una ciudad olvidada. Allí entre paredes y suelos de cemento desnudo hay una pandilla de mafiosos orientales esperándome, vestidos de negro, con cara de malas pulgas. Al fondo, mi pelota de tenis amarilla que, por lo  visto, es lo que ando buscando desde hace mucho tiempo. Pero no parece una pelota de tenis normal, era de un amarillo fluorescente, brillante, como si Homer Simpson la hubiera contaminado con plutonio radiactivo y refulgiera en la penumbra de las cloacas con una intensidad diabólica. Yo sabía que el jefe de ojos rasgados no me lo iba a poner fácil. 
-Quiero que me des mi pelota -le digo.
El jefe me mira burlón, y su pandilla espera. Tienen un aire a lo Michael Jackson en "Bad", John Travolta en "Grease" y Patrick Swyze en "Rebeldes". O sea, una mezcla de pandilleros románticos, encanijados, engominados, con los bajos de los pantalones demasiado cortos. 
(No cuestiono los iconos de mi subcosciente).
La cosa es que el jefe me dice:
-No voy a dártela.
Y yo le contesto:
-Entonces voy a tener que pegarte.
A lo que él responde mirándome de arriba a abajo y riéndose a carcajadas. Lejos de amedrentarme, y aún sabiéndome completamente inexperta en las artes de la lucha, nos ponemos frente a frente listos para molernos a palos. Lanzo mi primer gancho sólo para descubrir que esto es más complicado de lo que yo esperaba, mi brazo atraviesa el aire demasiado despacio, mis movimientos son torpes e inconexos, el jefe mafioso se regodea de anticipación y se sonríe achicando los ojos. 
Ese es su final. Me lo dice el sueño. Nunca debió confiarse tanto. Al segundo, de esa manera en que solo ocurre en los sueños, de pronto tengo el mayor poderío de super guerrera que nadie pueda imaginar y le estoy dando la paliza de su vida. Él no puede ni replicar. Me mira con los ojos desencajados, no tanto por los golpes sino como gritando: ¡TU! ¿pero como es posible? ¡si sólo eres un monigote! pues este monigote lo deja k.o, tumbado en el suelo, moribundo, mientras le mira de hito en hito.
-No deberías haberme subestimado -le digo-. El exceso de confianza ha sido tu perdición.
Y así me voy con mi frase Jedai de la semana, sin recoger si quiera mi pelota radiactiva por la que he arriesgado mi pellejo, sin cosechar placer alguno por mi victoria, más bien sintiéndome como una maestra que acaba de dar una lección kármica a un alumno demasiado impetuoso y confiado. 

¿Cuándo voy a tener la oportunidad en la vida real de pegarle una paliza a un mafioso chino delante de una pandilla de horteras (aunque encantadores y anacrónicos) pandilleros y regalarles a todos las perlas de mi sabiduría? pues eso, nunca. Menos mal que sueño, y a través de los sueños, vivo.  

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