viernes, 28 de marzo de 2014

La llegada de la Primavera

El muchacho hablaba y hablaba sin parar. El sol le caía sobre la cara y le obligaba a entrecerrar los ojos, que le lloraban por el exceso de luz. Y hablaba y hablaba, alzando las manos, la voz, el corazón, hasta el alma. 
Ella lo miraba sin creerle, sin estar convencida. Con dos rendijas por ojos y una puerta cerrada en la boca. De pronto una abeja que zumbaba de flor en flor fue directa a la boca abierta del muchacho, atraída quizás por la intensidad de su colorida voz. 
Él cayó fulminado, al instante, como si le hubieran matado con un disparo al cerebro. Cayó de lado, con la cabeza levemente hacia atrás, el pelo desparramado en el suelo, mientras ella gritaba y se tiraba a por él. "No, no, no" gritaba; los ojos le lloraban por el exceso de dolor. Lo sacudió, pidiéndole que despertara, pidiéndole que no se muriera. 
En la pálida cara del moribundo se dibujó una sonrisa que ella tardó bastante en descubrir. 
"Idiota" masculló, haciéndolo rodar en el suelo de un furioso empujón. Él se echó a reir, momento que aprovechó la abeja para salir, medio atontada, de su boca. Se fue zumbando, brillante de saliva humana, en busca de otra flor que transformar en miel.       

jueves, 27 de febrero de 2014

Tópicos infantiles

Me crié con un José, un Paco y un Antonio. A José le gustaba cantar, a Paco tocar la guitarra, y a Antonio hacer poesía. Dos de Cádiz y uno de Sevilla. Se puede decir que ellos formaban parte de un arquetipo, "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero..." aunque yo no nací en Sevilla, ni tuve huerto, ni un limonero, pero sí un patio soleado y una madre aficionada al flamenco. 
Esos tres genios (Camarón, Paco de Lucía y Machado) me hacen pensar en mi infancia, en otros años, muy atrás, cuando mi madre cantaba por bulerías mientras limpiaba la casa, pensando que nadie le prestaba atención. O en aquel verano de hace siglos, cuando compré un viejo libro en un puestecillo de segunda mano -con ese horrible papel megarreciclado y acartonado de color amarillo- "Antología de Antonio Machado" y me conmoví con ese hombre que decía: 

"Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar".  

Pues muertos están los tres, pero congelados en algún lugar de mi memoria. Memoria que por algún motivo se en empeña en asociarlos con esas tardes de verano jugando en el patio con mis hermanas, cuando no había mañana. ¿Esto es una señal de que me hago vieja no?

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero..."  

¿Cómo expresarlo mejor? imposibol. Y mañana es el día de Andalucía. Olé.

lunes, 6 de enero de 2014

De la huerta al plato

En 2014 prometo escribir más. La estadística me dice que no lo haré, pero ¿qué sería de mi blog si no hablara de promesas incumplidas o sueños inconclusos? nada. Este lugar es una Oda a mis Whishlist existenciales. No lloraré. Me lo tomo con humor. En el fondo soy bastante humorística. 
Hace poco alguien del trabajo me preguntó si podía decirme algo personal. "Claro" le dije yo. "Es que tú siempre estás feliz, siempre sonríes" me dice. Yo respondí con una carcajada, una carcajada humorística. Lo cierto es que tiene razón, siempre estoy sonriendo, y no podría contar la de veces que repito al día "no te preocupes". No intento hacer una campaña de publicidad para venderme como buena persona, en verdad mi generosidad oculta un fondo egoísta. Me gusta que la gente se sienta cómoda conmigo, si se sienten cómodos, yo me siento cómoda, y todos felices.
Luego llego a mi casa y me planteo lo irónico de la situación, que todo el mundo me vea feliz, contenta y amable, cuando en el fondo de tanta materia sonriente se esconde alguien que por las noches mira al techo preguntándose el sentido de la vida...
Somos humanos-alcachofas, rodeados de capas fibrosas y duras que hay que arrancar hasta llegar al tierno corazón. 
Adiós Brócolis, cebollas y ajetes, adiós patatas, judías y guisantes, adiós zanahorias y calabacines y... toda la flora comestible del planeta.

Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre. 

Encargo, Julio Cortázar

Mi verdadero nombre... ¡Alcachofa!

lunes, 7 de octubre de 2013

Que hablen otros

"(...)tengo la tentación de creer que lo que llamamos instituciones necesarias no son a menudo sino instituciones a las que nos hemos acostumbrado, y que en materia de constitución social, el campo de lo posible es tan vasto que los hombres que viven en cada sociedad ni se lo imaginan."

Alexis de Tocqueville (1805-1859)

lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Y si todo fuera un sueño?

Los sueños siempre me han obsesionado. Conozco gente que no sueña, o que lo hace, pero en  sus sueños jamás corren peligro. Yo, en cambio, soy de sueños truculentos, violentos y extremos. También tengo sueños seudo-místicos con participación divina o demoníaca; artísticos, con paisajes o visiones de una belleza sobrecogedora; enigmáticos, con mensajes o conversaciones con una clave encubierta que puedo pasarme días intenando descifrar. 
Los que más suelo recordar son los sádicos en los que corro el riesgo de palmarla, o en general, aquellos en los que soy testigo de accidentes, torturas, y cosas por el estilo. Total, que me pregunto cómo debe ser no soñar, o soñar cosas tipo: darse cuenta que llevas el pijama o que estás desnudo en medio de la calle... 
En mis sueños yo he escapado de Satán, me ha salpicado la sangre en la cara, he visto piernas cortadas y he muerto en alguna que otra ocasión. Sep. Esa es mi mente, retorcida, oscura, jugándose el tipo (o la cordura) una vez a la semana, por lo menos. 
Me siento como si hubiera estado en varios frentes de guerra, como si hubiera visto demasiadas cosas. Y lo peor (o lo mejor, según se mire) es que nunca ha pasado, salvo dentro de mi cabeza.

     

jueves, 12 de septiembre de 2013

Historias antiguas y modernas

Mi profesor de Historia Antigua era feo. Bajito, calvo como el culo de un bebé, varios tics faciales, un tono de voz raro, gutural. Pero era muy listo. Aún puedo verle sentado en la mesa, leyéndonos pasajes de Hesíodo, "los trabajos y los días". Luego, con su cerebro superdotado, exprimía los textos y se hacía un zumo. Era capaz de extraer conclusiones fascinantes sobre costumbres agrarias, sociales, judiciales, religiosas (y hasta de qué color se teñían el pelo) de un minúsculo trozo de poema escrito en el 700 a.C. Yo me quedaba perpleja. Incluso intenté emularlo leyendo por mi cuenta, pero no funcionó. No tengo el cerebro de Sherlock Holmes. 
Resulta que mi profesor era (es) catedrático de Historia Antigua. A los 23 ya investigaba para el Instituto Arqueológico Alemán, hablaba no se cuantos idiomas y era una eminencia en los orígenes de Roma y sus reyes míticos.
Todo esto lo averigué una tarde de esas en que te dedicas a googlear (porque una no tiene el cerebro de Sherlock, pero es bastante cotilla). Por entonces yo tenía 23 años y recuerdo que me deprimí mucho. Mientras yo malgastaba mis tardes googleando, a mi edad él estaba sentado en alguna biblioteca de Roma, becado por el instituto arqueológico alemán, escribiendo libros. En ese momento de lucidez me dije a mí misma: "nunca llegarás a nada". Ahora, con el tres delante del dos, lo que me hace verdadera gracia es haber soñado alguna vez que llegaría a algo.
Cómo me acuerdo de mi profesor mientras desayuno en un trabajo que no tiene nada que ver con los romanos, ni los griegos, ni la historia antigua, ni las bibliotecas, ni los procesos de investigación, ni nada que se le parezca...
¡Hasta casi me parece guapo!  (el profesor, digo)

    

martes, 10 de septiembre de 2013

Mi Yo Diabólico

En mi último sueño mi Yo Diabólico o Sombra se vengaba de un grupo de mineros altos, rubios y guapos  que me habían gastado una broma tonta: hacerme creer que la oscura galería en la que nos hallábamos iba a saltar por los aires con una carga de dinamita. Mi Yo Diabólico o Sombra (que era exactamente igual que yo, pero con muy mala leche y poco sentido del humor) me obliga a contemplar cómo manipula la bomba para hacerla funcionar de verdad. Yo tiemblo de horror, en plan, "¿pero qué haces, qué vas a hacer?" pero me veo incapaz de detenerla. Me saca de la montaña y con una voz de trueno les dice a los mineros altos, rubios y guapos, atrapados en las profundidades, algo así como:  "preparaos para morir" y acto seguido la montaña se hace pedazos con gran estruendo. Y con ellos dentro. 
Yo miro a mi Yo Diabólico sin poder creerlo, incapaz de entender cómo podía ser tan inflexible, tan dura, tan terriblemente cruel.

Si los sueños son una ventana al alma, yo empiezo a tener un problema, ¿no?