jueves, 12 de septiembre de 2013

Historias antiguas y modernas

Mi profesor de Historia Antigua era feo. Bajito, calvo como el culo de un bebé, varios tics faciales, un tono de voz raro, gutural. Pero era muy listo. Aún puedo verle sentado en la mesa, leyéndonos pasajes de Hesíodo, "los trabajos y los días". Luego, con su cerebro superdotado, exprimía los textos y se hacía un zumo. Era capaz de extraer conclusiones fascinantes sobre costumbres agrarias, sociales, judiciales, religiosas (y hasta de qué color se teñían el pelo) de un minúsculo trozo de poema escrito en el 700 a.C. Yo me quedaba perpleja. Incluso intenté emularlo leyendo por mi cuenta, pero no funcionó. No tengo el cerebro de Sherlock Holmes. 
Resulta que mi profesor era (es) catedrático de Historia Antigua. A los 23 ya investigaba para el Instituto Arqueológico Alemán, hablaba no se cuantos idiomas y era una eminencia en los orígenes de Roma y sus reyes míticos.
Todo esto lo averigué una tarde de esas en que te dedicas a googlear (porque una no tiene el cerebro de Sherlock, pero es bastante cotilla). Por entonces yo tenía 23 años y recuerdo que me deprimí mucho. Mientras yo malgastaba mis tardes googleando, a mi edad él estaba sentado en alguna biblioteca de Roma, becado por el instituto arqueológico alemán, escribiendo libros. En ese momento de lucidez me dije a mí misma: "nunca llegarás a nada". Ahora, con el tres delante del dos, lo que me hace verdadera gracia es haber soñado alguna vez que llegaría a algo.
Cómo me acuerdo de mi profesor mientras desayuno en un trabajo que no tiene nada que ver con los romanos, ni los griegos, ni la historia antigua, ni las bibliotecas, ni los procesos de investigación, ni nada que se le parezca...
¡Hasta casi me parece guapo!  (el profesor, digo)

    

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