domingo, 2 de julio de 2017

A los huérfanos que llevamos dentro

-Acudiré a ellos -anunció con la voz más suave posible-. Y aceptaré el oro que me ofrecéis y buscaré refugio en esta torre. Y aprenderé de vuestro apasionado novicio lo que tenga que enseñarme. Pero sólo recurro a estas cosas porque flotan en la superficie del mar de oscuridad en el que me estoy ahogando. No me hundiré sin haber entendido algo más. No te dejaré la eternidad sin..., sin una batalla final.
Le estudié con la mirada, pero no me llegó de su mente ningún pensamiento que aclarara sus palabras.
-Quizá, con el paso de los años, volverá a mí el deseo -añadió-. Conoceré de nuevo el apetito, la pasión. Tal vez, cuando nos encontremos en otra época, todo esto será algo más que conceptos abstractos y huidizos. Entonces hablaré con un vigor que iguale el tuyo, en lugar de ser un mero reflejo de éste. Y discutiremos sobre la inmortalidad y la sabiduría. Entonces hablaremos de la venganza y la aceptación. Por ahora, me basta con decir que deseo volver a verte. Deseo que nuestros caminos se crucen en el futuro. Y, sólo por esta razón, haré lo que me pides y no lo que quieres: perdonaré a tu malhadado Nicolás.
Exhalé un audible suspiro de alivio. Sin embargo, su tono de voz estaba tan cambiado, era tan enérgico, que hizo sonar en mi interior un silencioso llamado a alarma. Allí estaba, sin duda, el amo de la asamblea, aquel ser callado y lleno de fuerza, el que sobreviviría por mucho que llorara y gimiera el huérfano que llevaba dentro.


Prácticamente una década después, o quizá más, estoy releyendo Lestat el Vampiro. Todo fue culpa de Taboo, la serie. Por algún motivo su oscuridad sucia me recordó la oscuridad romántica y siniestra de Entrevista con el Vampiro. Puede que sea porque en ambas hay hombres en levita abriéndose paso con un bastón, pies hundiéndose en un lodo verdoso, luces de velas y candiles, toques satánicos... malditos. Almas condenadas. 
Entonces quise ver la peli. Luego quise releer la saga. Tengo una historia de amor odio con Anne Rice. Con doce años la adoraba. Con ventisiete la odiaba. Ella ha cambiado mucho con el paso de los años, y a veces parece que en vez de escribir libros los ha cagado... pero reconozco que una, como lectora, también ha evolucionado y eso tiene mucho que ver en mi criterio.
La primera vez que leí "Confesiones de un Vampiro" era muy joven, fue el primer libro de lectura adulta que cayó en mis manos. Yo era aficionada a la serie El Pequeño Vampiro e ignorante de mí, pensé que esta se le parecería. (¡Sí, era pequeña!). No se le parecía, y me transformó en lectora adulta de golpe y porrazo. Nunca volví a comprar libros de la sección "joven" de Círculo de lectores... y no lo digo en plan nazi. En mi época no había fenómenos tipo Harry Potter. Si los carcas leían libros juveniles, que estoy segura de que sí, no iban por ahí gritándolo a voces vestidos con una capa negra y ondeando una varita mágica de plástico con orgullo, como ahora. Los frikis aún no habían conquistado el mundo y había gente que todavía usaba camisa con hombreras. Todos queríamos parecer serios.
Pasados los treinta y con más de una década sin volver a econtrarme con ellos, Louis me ha parecido demasiado blando y débil, y Lestat, que en el primero es un maaaalpariiido hiii-deputa (parafraseando a Escobar) en el segundo libro a veces me dan ganas de mirar al cielo y poner los ojos en blanco. Cuando no está llorando o sollozando o hipando, está temblando, dando besos, saltos, abrazos y apretujones a todo quisqui con un entusiasmo infantil (indistintamente en su etapa mortal como inmortal). Querido mío, basta.
Sí, vale. Quizá el hechizo de la adolescencia ya no está. Quizá me he vuelto cruel y veo como defectos lo que antes me resultaba super romántico. Quizá a estos ojos de vieja resabida ya no le impresiona nada...  
Quizá lo que he descubierto es que el verdadero hechizo no eran los vampiros como individuos, sino esas relaciones tan absorventes y lunáticas que tenían entre ellos. Lestat y Louis despreciándose. Louis lloriqueándole a Claudia. Claudia insultando a Lestat (y a todo al que se le ponga delante). Lestat y Armand dándose ostias. Louis mandando al carajo a Armand. Y todo ello en el marco de la inmortalidad y el lento discurrir del tiempo. 
Armand y su desesperación perfumada de indiferencia, su monstruosidad que encandila, y esa conversación tan larga que tienen en la torre sobre el sentido de todo. Es imposible que con doce años yo entendiera algo de lo que allí decían. Supongo que se me quedó la música... y con los años la letra. Vampiros, el viejo mito erótico. Se llamaban amantes, se decían "te-quieros", sentían el éxtasis de la sangre, pero de cintura para abajo estaban muertos. Cachis.
Todavía hoy puedo repetir diálogos enteros de la película. "Piadosa muerte... te encanta sentirte culpable"... y ver en mi cabeza a Lestat (Tom Cruise y su melenaza rubia) tras la ventana, fondo verdoso, Louis escapando de sí mismo, Lestat levantando la barbilla y llenándose con placer maléfico. 
Ahhh, qué tiempos. Por más que una quiera mirar al futuro, no puede. El pasado siempre vuelve. Los viejos pilares sobre los que te construistes nunca se desmoronan del todo, permanecen ahí, esperando su momento para ser revisados, atendidos, escuchados. Como un Lestat exigente que entra en la habitación y reclama todo tu amor. Eres tú la que cambias y haces como que te vas, y que te olvidas, pero al final el destino, la visión de una levita y un bastón, del lodo verde, hacen toc-toc. 
Y los demás con su manía de revivir el viejo mito, tampoco ayudan.   

Si uno mira a la Eternidad, pondría una cara muy seria

   

viernes, 10 de abril de 2015

Volver, volver, volver

Expediente X vuelve. Twin Peaks vuelve. ¿Qué está pasando? the olders rocks. Vale, ni siquiera sé si lo he escrito bien, pero es igual, porque los purilis siempre hemos hablado fatal el inglés. Los que crecimos jugando en los recreos a interpretar a"¿quién mató a Laura Palmer?" (porque entonces yo no lo llamaba Twin Peaks, sino así, en spanish edition, porque como ya he dicho el ingles no se me daba bien), o veíamos Expediente X en Telecinco cada semana y nos enamoramos de un tío que comía pipas y decía cosas como "esa es la esencia de la ciencia Scully, haz una pregunta impertinente y quizás obtengas una respuesta pertinente", y hasta creíamos en la posibilidad -remota- de que hubiera vida extraterrestre ahí fuera, (y participamos un tiempo en el proyecto SETI, hasta que, como diría Mulder, dejamos de creer y lo mandamos todo al carajo porque necesitábamos más espacio libre en el PC), nosotros que crecimos con disquettes, casettes y PC 486, que consultábamos la enciclopedia Larousse y llevábamos walkman por las calles (to molones)... nosotros estamos de Enhorabuena. Porque nunca habrá suficiente Twin Peaks ni suficiente Expediente X en el mundo, y ya es hora de que las nuevas generaciones lo conozcan. ¿Cómo será ver a Mulder medio calvo y a Scully con patas de gallo discutiendo sobre paradigmas científicos? ¿qué sentirá mi pobre corazón cuando contemple al enigmático agente Cooper con el pelo gris haciendo uso del incosciente colectivo?
Para morir de felicidad sólo me faltaría escuchar de nuevo a Chris en la Mañana desde la K.O.S.O, más gordo, calvorota y con cinco o seis hijos, monologando sobre arte, filosofía o el instinto de supervivencia. ¡Mini serie de doctor en Alaska ya! 


lunes, 24 de noviembre de 2014

¿La armada invencible?

Es cierto que después de ver Salvados y El Objetivo acabo de muy mala leche, pero, al mismo tiempo, surge una luz, llamémosle chispazo efímero en un negro abismo absorvente, al pensar que hay gente, profesionales, preparados, dispuestos para el despegue, listos para forzar cambios en este sistema político de mierda, antidemocrático y opaco que nos gobierna.  (Un pareado me ha salido entre mierda y gobierna, por qué será).
Lo que tengo muy claro, aunque me cueste una úlcera, aunque me digan que soy un coñazo, es que seguiré leyendo, viendo y escuchando en la medida de mis posibilidades (y mi adicción a la procastinación), porque eso de apagarlo todo para evitar cabreos y mala hostia, darse el lujo de vivir en los mundos de yupi ajeno al derrumbamiento de todas las instituciones públicas y la civilización (al menos una a la que no te de vergüenza pertenecer), es como seguir tocando el violín mientras el Titanic se hunde, sólo que quitándole todo componente poético a la escena... O sea, una manera muy gilipollas de ahogarse cuando podrías emplear ese tiempo maravilloso en buscar madera y construirte una balsa. 
(Sí, mis ídolos infantiles eran McGuiver e Indiana Jones, ergo, siempre hay recursos, siempre hay posibilidades, ¡prohibido rendirse!). 
Si no te cuestionas nada, si no aprendes la de cosas que se podrían cambiar, construir y desarrollar, si no buscas un modelo a seguir y por el que luchar, si te limitas a soltar vituperios y acusar a toda la peña de chorizos y maleantes y gritar a los cuatro vientos que no quieres saber nada de política ni de "chorradas" ¿quién va a conseguir que las cosas cambien? 
Hay que coger el timón y sacar el barco a flote, aunque acabemos siendo una tripulación llena de úlceras, mala hostia y vocabulario barriobajero a fuerza de tanto gritar, ¡vividores de mierda! ¡a currar a jornada partida por 800 euros te ponía yo!
 

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Qué intentas decirme, Inconsciente?

Por el camino Jesse y yo no nos miramos, caminamos en silencio, mirando hacia delante, pero muy cerca el uno del otro. Nuestras manos se rozan sin querer, pero luego se buscan como si el encuentro fuera inevitable. Tímidamente se agarran, y es una sensación rara porque no nos miramos, pero experimentamos el deseo y los nervios de dos enamorados que están declarándose silenciosamente. Al final, nuestras manos se aprietan y se aferran la una a la otra. Permanecemos así un buen rato,  disfrutando de la sensación de atravesar el mundo cogidos de la mano. Sin decir nada. De nada. Sin mirarnos. Aunque seamos tan diferentes y encajemos tan poco. 
Ambos nos miramos al fin y yo bromeo con nuestra pasión edulcorada de postal: “¿Qué tontos, no?” Jesse se echa a reír enseñándome todos sus dientes blancos y perfectos, y me dice, “siií”, como si yo acabara de decir justo lo que él estaba pensando.

(Quién: Jesse Pinkman. ¿Cuándo? esta noche. ¿Dónde? en mi sueño. ¿Por qué? ni idea, ¿Jesse? ¿JESSE? O sea, es tan noblote... pero... ).  

El inconsciente y sus respuestas a preguntas no formuladas (conscientemente).


lunes, 8 de septiembre de 2014

Burbujas y atmósferas

Es increíble la de gente a tu alrededor a la que puedes sorprender, repentinamente, llorando. Últimamente me pasa a menudo, y es raro... Raro sentir cómo se hace añicos esa burbuja de cristal en la que nos solemos aislar. Mostrarnos ante los demás -forzados por ese martillo imaginario que nos ha roto- tan profundamente humanos. Y no sé por qué siento cierto alivio (luego de todo el mal rollo por mi torpeza congénita en manejar la situación). Será que esa breve y fugaz desnudez emocional me demuestra que hay oxígeno en la atmósfera (todavía) Que estamos vivos (aún). Que todavía podemos llorar y sentir... (no sé hasta cuando), aunque la vida a veces sea una zorra. Aunque a veces quien llora no sea el espíritu santo y tenga mucho que aprender y mejorar (y sabes que probablemente no lo hará nunca porque no le da la gana). Aunque quien escucha sea un poco lerda para hacerle entender que lo importante es... ¡que estamos vivos y somos humanos! (yo también tengo mucho que aprender y mejorar).
Todo esto suena cursi, pero es verdad. Ver documental Home para entenderlo un poco mejor. 
Todo está conectado. Todo se acelera. Todo se va a ir a la mierda a no ser que se rompan más burbujas y se invoque a lo verdaderamente humano. Tenemos 10 años antes del inicio de la autodestrucción. Sé que perderemos la apuesta, pero quiero creer... quiero creer de verdad.   


domingo, 31 de agosto de 2014

Sin misión ni libro de pistas

Domingo 31 de agosto. Es un buen día para la reflexión porque A) es domingo, y B) es 31 de agosto. Final de la semana, final del verano. Cerramos una puerta, abrimos una ventana, encendemos a media luz y esperamos. ¿A qué? a que salga el sol por Antequera. 
Podría estar esperando toda la vida. ¿Y qué hacer ahora? con tu vida, me refiero. ¿Qué haremos, tesoro? seguiremos esperando en la madriguera oscura y helada a que se cuele un maldito hobbit ladrón que nos obligue a cumplir nuestra misión en el mundo. ¿Pero y si naciste sin misión en el mundo? ¿y si en verdad todos se olvidaron de ti, hasta el gran creador de historias, el que establece las misiones y te coloca un resumen orientativo en el casillero para que lo recojas por la mañana temprano y te pongas manos a la obra? "si señor, señor" murmuran todos los soldados y se van marchando uno a uno al frente, mientras tú sigues mirando, rezongando en tu cubil, burlándote de ellos, luego frunciendo el ceño cual criatura dolida porque se quedó sin papel en la gran obra de teatro del Universo...
¿Y qué haremos ahora? escuchar cómo cantan los pájaros, sentir que los días se acortan y se fulmina el verano. 
No podemos hacer otra cosa que imponernos nuestra propia misión, auto-obedecernos, "sí señora, señora" escoger un jamelgo y una armadura oxidada y salir ahí fuera, aunque nos perdamos sin mapa ni libro de pistas. 

Yo de pequeña tenía un libro de pistas de Monkey Island I editado por Lucas Art. Estaba escrito a modo de relato, como si fueran los diarios perdidos del mismísimo Guybrush Threepwood... Cómo me gustaba leerlo y recrearme jugando la vida de otros... sobre todo juegos de aventuras, siempre aventuras, supongo que para compensar. 

¡Mira detrás de ti, un mono de tres cabezas! qué frase mítica. 

Brrrrr, odiando los domingos forever.

   

miércoles, 18 de junio de 2014

Respecto a los caballeros

Estaba en un maldito atolladero. El decoro exigía que no actuase dominado por el pánico. Tenía un pánico mecánico y normal que le impulsaba a apartarse del dinero. Los caballeros no ganan dinero. Los caballeros, de hecho, no hacen nada. Se limitan a existir. Perfuman el aire como lirios virginales. El dinero les llega como el aire a través de los pétalos y las hojas. Así el mundo es mejor y más colorido. ¡Y, por supuesto, de ese modo la vida política puede seguir siendo limpia…! No se puede ganar dinero.
Ford Madox Ford. El final del Desfile. 
Esto me ha hecho reír...
(Dios salve a la ironía, esa grannnnn Diosa).






sábado, 7 de junio de 2014

El Final del Desfile

Ford Madox Ford era un tipo complejo. Los capítulos de su libro "El final del desfile" son largos, tan largos, tan densos, tan complejos, tan saturados... que a veces me dan ganas de gritar (o de coger aire). Y si embargo, no puedo dejar de leer uno hasta que llego al próximo, temo que si me dejo el capítulo a la mitad perderé algo que sólo encontraré si lo leo completo. Es un lento y confuso discurrir de puntos de vista, pensamientos y emociones encontrándose, es raro, agotador, y al mismo tiempo adictivo. 
Parece que cada capítulo es una obra de teatro que dura horas... a veces literalmente (de hecho, el libro, compuesto por 4 libros, tiene 900 páginas).

Joder, cómo ha cambiado la literatura en casi un siglo. 

Creo que tengo un crush con la literatura de principios del siglo XX. 
Creo que tengo un crush (severo) con el severo señor Christopher Tietjens y su manía de ser -tan íntegramente- él mismo.

-¡Ven con nosotros! llevo todo el día respondiendo a tonterías. Sólo me falta ver a otro idiota más y habré terminado por hoy.
Ella dijo:
-No puedo ir contigo, llorando así.
Él respondió:
-Pues claro que puedes. Aquí es precisamente donde lloran las mujeres. -Añadió-: Además, está Mark, es un borrico muy tranquilizador.
La llevó a donde estaba Mark.
-Ocúpate de la señorita Wannop -le pidió-. Querías hablar con ella ¿no? -Y corrió como un tendero diligente hacia el lúgubre vestíbulo. Tenía la sensación de que si no veía pronto a algún idiota imperturbable con insignias rojas, verdes, azules o rosas, que tuvieran ojos de pez y preguntase las cosas que preguntan los peces en las peceras, él también se vendría abajo y se echaría a llorar. ¡Con alivio! ¡No obstante, en aquel lugar también lloraban los hombres!

viernes, 25 de abril de 2014

A quién pueda importarle

Me encanta cuando en el telediario de Antena 3 hablan del "conflicto" Rusia-Ucrania, y para meternos en situación colocan un fondo de pantalla con el símbolo de la hoz y el martillo en color rojo en una esquinita... Es el resumen perfecto del nivelazo y seriedad que puede esperarse hoy día de los grandes medios de ¿comunicación?


  

viernes, 28 de marzo de 2014

La llegada de la Primavera

El muchacho hablaba y hablaba sin parar. El sol le caía sobre la cara y le obligaba a entrecerrar los ojos, que le lloraban por el exceso de luz. Y hablaba y hablaba, alzando las manos, la voz, el corazón, hasta el alma. 
Ella lo miraba sin creerle, sin estar convencida. Con dos rendijas por ojos y una puerta cerrada en la boca. De pronto una abeja que zumbaba de flor en flor fue directa a la boca abierta del muchacho, atraída quizás por la intensidad de su colorida voz. 
Él cayó fulminado, al instante, como si le hubieran matado con un disparo al cerebro. Cayó de lado, con la cabeza levemente hacia atrás, el pelo desparramado en el suelo, mientras ella gritaba y se tiraba a por él. "No, no, no" gritaba; los ojos le lloraban por el exceso de dolor. Lo sacudió, pidiéndole que despertara, pidiéndole que no se muriera. 
En la pálida cara del moribundo se dibujó una sonrisa que ella tardó bastante en descubrir. 
"Idiota" masculló, haciéndolo rodar en el suelo de un furioso empujón. Él se echó a reir, momento que aprovechó la abeja para salir, medio atontada, de su boca. Se fue zumbando, brillante de saliva humana, en busca de otra flor que transformar en miel.       

jueves, 27 de febrero de 2014

Tópicos infantiles

Me crié con un José, un Paco y un Antonio. A José le gustaba cantar, a Paco tocar la guitarra, y a Antonio hacer poesía. Dos de Cádiz y uno de Sevilla. Se puede decir que ellos formaban parte de un arquetipo, "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero..." aunque yo no nací en Sevilla, ni tuve huerto, ni un limonero, pero sí un patio soleado y una madre aficionada al flamenco. 
Esos tres genios (Camarón, Paco de Lucía y Machado) me hacen pensar en mi infancia, en otros años, muy atrás, cuando mi madre cantaba por bulerías mientras limpiaba la casa, pensando que nadie le prestaba atención. O en aquel verano de hace siglos, cuando compré un viejo libro en un puestecillo de segunda mano -con ese horrible papel megarreciclado y acartonado de color amarillo- "Antología de Antonio Machado" y me conmoví con ese hombre que decía: 

"Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar".  

Pues muertos están los tres, pero congelados en algún lugar de mi memoria. Memoria que por algún motivo se en empeña en asociarlos con esas tardes de verano jugando en el patio con mis hermanas, cuando no había mañana. ¿Esto es una señal de que me hago vieja no?

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero..."  

¿Cómo expresarlo mejor? imposibol. Y mañana es el día de Andalucía. Olé.

lunes, 6 de enero de 2014

De la huerta al plato

En 2014 prometo escribir más. La estadística me dice que no lo haré, pero ¿qué sería de mi blog si no hablara de promesas incumplidas o sueños inconclusos? nada. Este lugar es una Oda a mis Whishlist existenciales. No lloraré. Me lo tomo con humor. En el fondo soy bastante humorística. 
Hace poco alguien del trabajo me preguntó si podía decirme algo personal. "Claro" le dije yo. "Es que tú siempre estás feliz, siempre sonríes" me dice. Yo respondí con una carcajada, una carcajada humorística. Lo cierto es que tiene razón, siempre estoy sonriendo, y no podría contar la de veces que repito al día "no te preocupes". No intento hacer una campaña de publicidad para venderme como buena persona, en verdad mi generosidad oculta un fondo egoísta. Me gusta que la gente se sienta cómoda conmigo, si se sienten cómodos, yo me siento cómoda, y todos felices.
Luego llego a mi casa y me planteo lo irónico de la situación, que todo el mundo me vea feliz, contenta y amable, cuando en el fondo de tanta materia sonriente se esconde alguien que por las noches mira al techo preguntándose el sentido de la vida...
Somos humanos-alcachofas, rodeados de capas fibrosas y duras que hay que arrancar hasta llegar al tierno corazón. 
Adiós Brócolis, cebollas y ajetes, adiós patatas, judías y guisantes, adiós zanahorias y calabacines y... toda la flora comestible del planeta.

Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre. 

Encargo, Julio Cortázar

Mi verdadero nombre... ¡Alcachofa!

lunes, 7 de octubre de 2013

Que hablen otros

"(...)tengo la tentación de creer que lo que llamamos instituciones necesarias no son a menudo sino instituciones a las que nos hemos acostumbrado, y que en materia de constitución social, el campo de lo posible es tan vasto que los hombres que viven en cada sociedad ni se lo imaginan."

Alexis de Tocqueville (1805-1859)

lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Y si todo fuera un sueño?

Los sueños siempre me han obsesionado. Conozco gente que no sueña, o que lo hace, pero en  sus sueños jamás corren peligro. Yo, en cambio, soy de sueños truculentos, violentos y extremos. También tengo sueños seudo-místicos con participación divina o demoníaca; artísticos, con paisajes o visiones de una belleza sobrecogedora; enigmáticos, con mensajes o conversaciones con una clave encubierta que puedo pasarme días intenando descifrar. 
Los que más suelo recordar son los sádicos en los que corro el riesgo de palmarla, o en general, aquellos en los que soy testigo de accidentes, torturas, y cosas por el estilo. Total, que me pregunto cómo debe ser no soñar, o soñar cosas tipo: darse cuenta que llevas el pijama o que estás desnudo en medio de la calle... 
En mis sueños yo he escapado de Satán, me ha salpicado la sangre en la cara, he visto piernas cortadas y he muerto en alguna que otra ocasión. Sep. Esa es mi mente, retorcida, oscura, jugándose el tipo (o la cordura) una vez a la semana, por lo menos. 
Me siento como si hubiera estado en varios frentes de guerra, como si hubiera visto demasiadas cosas. Y lo peor (o lo mejor, según se mire) es que nunca ha pasado, salvo dentro de mi cabeza.

     

jueves, 12 de septiembre de 2013

Historias antiguas y modernas

Mi profesor de Historia Antigua era feo. Bajito, calvo como el culo de un bebé, varios tics faciales, un tono de voz raro, gutural. Pero era muy listo. Aún puedo verle sentado en la mesa, leyéndonos pasajes de Hesíodo, "los trabajos y los días". Luego, con su cerebro superdotado, exprimía los textos y se hacía un zumo. Era capaz de extraer conclusiones fascinantes sobre costumbres agrarias, sociales, judiciales, religiosas (y hasta de qué color se teñían el pelo) de un minúsculo trozo de poema escrito en el 700 a.C. Yo me quedaba perpleja. Incluso intenté emularlo leyendo por mi cuenta, pero no funcionó. No tengo el cerebro de Sherlock Holmes. 
Resulta que mi profesor era (es) catedrático de Historia Antigua. A los 23 ya investigaba para el Instituto Arqueológico Alemán, hablaba no se cuantos idiomas y era una eminencia en los orígenes de Roma y sus reyes míticos.
Todo esto lo averigué una tarde de esas en que te dedicas a googlear (porque una no tiene el cerebro de Sherlock, pero es bastante cotilla). Por entonces yo tenía 23 años y recuerdo que me deprimí mucho. Mientras yo malgastaba mis tardes googleando, a mi edad él estaba sentado en alguna biblioteca de Roma, becado por el instituto arqueológico alemán, escribiendo libros. En ese momento de lucidez me dije a mí misma: "nunca llegarás a nada". Ahora, con el tres delante del dos, lo que me hace verdadera gracia es haber soñado alguna vez que llegaría a algo.
Cómo me acuerdo de mi profesor mientras desayuno en un trabajo que no tiene nada que ver con los romanos, ni los griegos, ni la historia antigua, ni las bibliotecas, ni los procesos de investigación, ni nada que se le parezca...
¡Hasta casi me parece guapo!  (el profesor, digo)

    

martes, 10 de septiembre de 2013

Mi Yo Diabólico

En mi último sueño mi Yo Diabólico o Sombra se vengaba de un grupo de mineros altos, rubios y guapos  que me habían gastado una broma tonta: hacerme creer que la oscura galería en la que nos hallábamos iba a saltar por los aires con una carga de dinamita. Mi Yo Diabólico o Sombra (que era exactamente igual que yo, pero con muy mala leche y poco sentido del humor) me obliga a contemplar cómo manipula la bomba para hacerla funcionar de verdad. Yo tiemblo de horror, en plan, "¿pero qué haces, qué vas a hacer?" pero me veo incapaz de detenerla. Me saca de la montaña y con una voz de trueno les dice a los mineros altos, rubios y guapos, atrapados en las profundidades, algo así como:  "preparaos para morir" y acto seguido la montaña se hace pedazos con gran estruendo. Y con ellos dentro. 
Yo miro a mi Yo Diabólico sin poder creerlo, incapaz de entender cómo podía ser tan inflexible, tan dura, tan terriblemente cruel.

Si los sueños son una ventana al alma, yo empiezo a tener un problema, ¿no?
 


 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Mi vida onírica mola, a veces


En mi sueño tengo que atravesar un río grande y profundo de color cieno, verdoso, pantanoso. Parece un río del Vietnam y yo el capitan Willard, zambulléndome, con el agua hasta el cuello, con el ceño fruncido y rezongando. 
-No me gusta este río. Es oscuro. No puedo ver nada de lo que me rodea.
Y aún así nado hasta llegar a las catacumbas, o quizá mejor, a unas cloacas de los bajos fondos de una ciudad olvidada. Allí entre paredes y suelos de cemento desnudo hay una pandilla de mafiosos orientales esperándome, vestidos de negro, con cara de malas pulgas. Al fondo, mi pelota de tenis amarilla que, por lo  visto, es lo que ando buscando desde hace mucho tiempo. Pero no parece una pelota de tenis normal, era de un amarillo fluorescente, brillante, como si Homer Simpson la hubiera contaminado con plutonio radiactivo y refulgiera en la penumbra de las cloacas con una intensidad diabólica. Yo sabía que el jefe de ojos rasgados no me lo iba a poner fácil. 
-Quiero que me des mi pelota -le digo.
El jefe me mira burlón, y su pandilla espera. Tienen un aire a lo Michael Jackson en "Bad", John Travolta en "Grease" y Patrick Swyze en "Rebeldes". O sea, una mezcla de pandilleros románticos, encanijados, engominados, con los bajos de los pantalones demasiado cortos. 
(No cuestiono los iconos de mi subcosciente).
La cosa es que el jefe me dice:
-No voy a dártela.
Y yo le contesto:
-Entonces voy a tener que pegarte.
A lo que él responde mirándome de arriba a abajo y riéndose a carcajadas. Lejos de amedrentarme, y aún sabiéndome completamente inexperta en las artes de la lucha, nos ponemos frente a frente listos para molernos a palos. Lanzo mi primer gancho sólo para descubrir que esto es más complicado de lo que yo esperaba, mi brazo atraviesa el aire demasiado despacio, mis movimientos son torpes e inconexos, el jefe mafioso se regodea de anticipación y se sonríe achicando los ojos. 
Ese es su final. Me lo dice el sueño. Nunca debió confiarse tanto. Al segundo, de esa manera en que solo ocurre en los sueños, de pronto tengo el mayor poderío de super guerrera que nadie pueda imaginar y le estoy dando la paliza de su vida. Él no puede ni replicar. Me mira con los ojos desencajados, no tanto por los golpes sino como gritando: ¡TU! ¿pero como es posible? ¡si sólo eres un monigote! pues este monigote lo deja k.o, tumbado en el suelo, moribundo, mientras le mira de hito en hito.
-No deberías haberme subestimado -le digo-. El exceso de confianza ha sido tu perdición.
Y así me voy con mi frase Jedai de la semana, sin recoger si quiera mi pelota radiactiva por la que he arriesgado mi pellejo, sin cosechar placer alguno por mi victoria, más bien sintiéndome como una maestra que acaba de dar una lección kármica a un alumno demasiado impetuoso y confiado. 

¿Cuándo voy a tener la oportunidad en la vida real de pegarle una paliza a un mafioso chino delante de una pandilla de horteras (aunque encantadores y anacrónicos) pandilleros y regalarles a todos las perlas de mi sabiduría? pues eso, nunca. Menos mal que sueño, y a través de los sueños, vivo.  

viernes, 23 de agosto de 2013

El LIBRO (así, en mayúsculas)

Siempre he soñado con publicar "mi libro", ése que lleva escribiéndose, borrándose, reescribiéndose y editándose desde los dieciséis, como una mitología griega que se reproduce constantemente en algún universo paralelo de mi mente. No importa, me digo, todavía hay tiempo. Quizá si algún día rompo aguas y nace el fruto de mi mente me pille con el pelo totalmente gris, patas de gallo y gafas con cadenita dorada colgando de mi pecho, para que no se me pierdan. Entonces alguien me preguntará:
-¿No le parece extraño escribir a su edad una historia sobre un joven de dieciseis años?
-Qué va, yo nunca he crecido más allá de los dieciséis; en realidad, a pesar de mi edad, sigo en ellos -contestaré con una sonrisa de vieja picarona. 

viernes, 16 de agosto de 2013

El chico de la estación

No dejo de pensar en el guiri de la estación. Rubio, con gafas, cara de bondad personificada (se puede tener cara sin llegar a serlo) y no dejaba de mirarnos.
Quizá lo que me atraía de él era ponerme en su lugar: extranjero en tierra extraña, sin conocimiento del idioma, mochilón a la espalda, una decisión pendiente por tomar en los próximos minutos.
Coincidimos en las consignas de la estación y en la resignación al hallarlas completas, conscientes de golpe de que no podríamos deshacernos de nuestros equipajes. No había nada libre salvo las taquillas más pequeñas. Mientras yo me venía abajo imaginando una jornada interminable en la estación matando el tiempo con un libro y la maleta a los pies -cortada toda posibilidad de recorrer la ciudad con ella-, él se sentaba de cuclillas y se disponía a esperar pacientemente a que una de las consignas se quedara libre.
Cada uno tomaba su decisión crítica frente a los desafíos existentes.
Llevaba un monopatín adosado en uno de los compartimentos de su mochilón gigante, junto con un saco de dormir y otros bultos extraños en los que no pude fijarme sin parecer una descarada. Lo cierto es que nuestras miradas se encontraban una y otra vez, al fin y al cabo nos hallábamos en la misma situación: atados a nuestro maldito equipaje con una jornada incierta por delante. Yo envidiaba su voluntad y su perseverancia; solo, agachado, de cuclillas, como un paciente animal dispuesto a esperar lo que hiciera falta bajo el sofocante techado de plástico de la estación, preparado y alerta para aprovechar la oportunidad cuando se presentara ante él. Yo, en cambio, ya me había rendido de antemano, ya había renunciado a esperar mi turno, ya había elegido malgastar la interminable jornada encerrada voluntariamente en la estación, encadenada a mi maleta roja con ruedas.
Por todo eso llegué a admirarle, deseé sentarme a su lado, mirarle a los ojos y pedirle por favor que me contagiara con su optimismo existencial y su fuerza de voluntad.
Estar solo en el mundo y no arredrarse frente a las dificultades. Mantener la mirada limpia y curiosa. Esperar lo mejor de todos los resultados posibles.
Una de mis compañeras de viaje decidió preguntar en la ventanilla de información si no había más consignas en toda la ciudad, más como reclamación o protesta -dábamos por hecho de que no, por lo que nos había dicho anteriormente otro empleado- que esperando el milagro. Sin embargo el milagro sucedió, y la empleada de la ventanilla, pálida y con gafas, nos comunicó de la existencia de unas consignas internas donde poder dejar las maletas bajo supervisión por un módico precio.
El extranjero solitario no deja de mirarnos, al fin y al cabo somos como náufragos de un mismo barco hundido y esperamos juntos, en la misma isla, la posibilidad del rescate.
Observa cómo nos adentramos en una puerta que se cierra tras de mí, y cómo, al volver a salir, ya no cargamos con nuestras maletas. Instintivamente me acerco a él, él instintivamente se levanta y se acerca a mí. Le digo que el barco ha venido a rescatarnos, que estamos salvados. Él de pie ante mí suelta un chorro de palabras en otro idioma, no nos entendemos y sin embargo lo hacemos.
-Speak english?
-A little...
Aún así nos sonreímos, después de varios intentos frustrados de comunicación. Yo toco el timbre de la puerta misteriosa por él y espero a que se adentre y desaparezca de mi vida con la misma rapidez con la que ha aparecido.
Su monopatín y su saco de dormir me hacen fantasear con estupideces, pasar la tarde aprendiendo a rodar, comunicarnos por medio del lenguaje no verbal, dormir a la intemperie.
No quiero marcharme pero es justo lo que hago. Es lo que hago siempre, aunque por dentro no deje de girarme, darme la vuelta, esperarle tras la puerta, hacer lo que deseo en vez de dejar que las cosas sucedan sin mí. Y que salga bien.
En mi mente le pregunto “whats your name?” cuando hace tiempo que he dejado la estación. En mi mente me detengo, deshago mis pasos y vuelvo corriendo a la estación. No sé qué voy a decirle pero de algún modo sé que él lo entenderá.
Sin embargo cuando vuelvo él ya no está, no hay nadie bajo el techado de plástico, nadie esperando a que me arrepintiera, nadie que me conozca de anteriores vidas sabiendo que, con tiempo suficiente, volvería. En mi mente sólo me esperaba la desolación de un paisaje vacío y el trasiego de viajeros que vienen y van. La sensación de haber rozado algo mágico que se ha esfumado por no creer en ello con la fuerza suficiente.

Regresé a mi vida y nunca nos volvimos a encontrar. Le llamé “el Chico de la Estación” y desde entonces sueño con él cada vez que debo tomar una decisión que exige de mí algo más que cordura. Me imagino, como la canción: un animal agazapado y vigilante. Armándome de paciencia, sentándome en cuclillas, lista para reclamar mi oportunidad. 
Todavía le pido por favor que me contagie con su optimismo existencial y su fuerza de voluntad. Con su capacidad para estar solo en el mundo sin arredrarse ante las dificultades. Con su mirada limpia y curiosa y su capacidad de esperar lo mejor de todos los resultados posibles.
No sé si me escucha pero si lo hiciera... sólo quería decirte: “hola, ¿cómo te llamas?”

martes, 26 de marzo de 2013

Zas, en toda la boca!


No sé. No puedo dejar de verlo-escucharlo.